“Mi niña acabó con el pie roto”

16/07/2012

El Tobotronc es el tobogán alpino más grande del mundo y está en la estación de esquí de la Rabassa, en la localidad andorrana de Sant Julià de Lòria. También es la montaña rusa en la que la semana pasada una joven tarraconense se fracturó la columna vertebral y donde una niña de diez años casi pierde un pie en 2011. Naturlandia,el parque de nieve donde está la atracción y del cual el Ayuntamiento de Sant Julià de Lòria es dueño del 80%, reconoce que la instalación ha sufrido 43 accidentes desde su apertura en 2008. Todos los afectados que han intentado responsabilizar de sus lesiones al parque han recibido la misma respuesta: “La atracción cumple con todas las normas de seguridad y los accidentes son responsabilidad del usuario porque él es el encargado de regular la velocidad del vagón”, apunta un portavoz del Ayuntamiento. Naturlandia invirtió tres millones de euros en el Tobotronc.

Ha sido necesaria la intervención quirúrgica en cuatro de los 43 accidentes. Oficialmente, todos los siniestros de esta montaña rusa de 5,3 kilómetros y vagones biplaza se han producido por incumplir normas de seguridad. Las reglas son simples: el pasajero que va en la parte de atrás del vagón regula con una palanca la aceleración y la frenada pudiendo alcanzar los 40 km/hora. Hay que mantener una distancia de seguridad de 25 metros y está prohibido parar durante el recorrido. El 4 de julio, una joven de 23 años, de Tarragona, se rompió la espalda cuando su vagón de empotró contra el de dos turistas israelíes que pararon su marcha para recoger unas gafas. La joven planea demandar a los turistas.

No todos los afectados reaccionan igual. Muchos de los accidentados dicen que la responsabilidad es de Naturlandia. Un ejemplo es el de Mark Mackay, de San Cugat. Su hija de 11 años se someterá en octubre a una segunda operación en el pie derecho después de que en agosto de 2011 “se le quedara colgando” por un accidente en el Tobotronc, cuenta su padre. Fue trasladada en helicóptero al hospital del Vall D'Hebron, donde fue sometida a una operación de 12 horas “en la que se le reconstruyó el pie lo mejor que se pudo”, comenta el padre.

Tras tres meses de negociaciones, el Ayuntamiento aceptó indemnizar a Mackay aunque especificó que no quería hacer reconocimiento alguno de responsabilidad”. Mackay al final interpuso en mayo una demanda contra el parque para lograr una indemnización y para que “cierren la atracción hasta que su seguridad sea reforzada”. La inercia de una curva cerrada tomada a demasiada velocidad desplazó lateralmente el cuerpo de la niña, haciendo que uno de sus pies chocase en repetidas ocasiones con los salientes de una plataforma de madera que hay a lo largo de varios tramos del recorrido. Mackay cree que estas plataformas son irregulares y que el accidente podría haberse evitado. “En las instrucciones del fabricante se indica claramente que ha de existir una distancia de seguridad de 70 centímetros entre el vagón y cualquier obstáculo”, comenta. Mackay basa su demanda en el informe de un perito industrial que establece que la atracción incumple las normas del fabricante, la alemana Wiegand. Un notario acompañó a Mackay al parque para dejar constancia de las irregularidades descritas por el perito.

A pesar de que los usuarios son informados antes de montar y de que el recorrido está salpicado de señales que indican cuándo frenar, la mayoría de los accidentes del Tobotronc son consecuencia del exceso de velocidad. Kurutz Castrillejo, de 54 años, de San Sebastián, se fue a su casa de Andorra con su mujer para pasar las Navidades. El 14 de diciembre montó en el Tobotronc y en la última curva del recorrido colisionó frontalmente con un vagón que no vio a tiempo. Sintió un fuerte dolor en el vientre. “Me levanté la camiseta y vi que tenía un moratón”, cuenta. Se encontró mal y fue trasladado a la UVI al hospital de Nuestra Señora de Meritxell, donde le diagnosticaron la hemorragia interna. “Me dijeron que tenía los intestinos flotando en sangre y perdido cuatro litros”, comenta. Fue operado y salió del hospital 14 días días después con 37 grapas en el tronco. Estuvo cuatro meses de baja, perdió 12 kilos, aún sufre diarreas y no puede comer nada que produzca gases. “Ni siquiera verdura. Esto no es vida", dice Castrillejo esperanzado ante la revisión de septiembre: “Las únicas instrucciones que me dieron antes de montar era que se frenaba tirando de la palanca y se aceleraba empujándola. No me parece correcto”.

La visita al Tobotronc de Jordi Del Amor Gil, de Badalona, se saldó así: su hija Nerea, de 19 años, se rompió una vértebra y la hermana de su novio, un diente. Nerea ha llevado corsé tres meses porque, como Castrillejo, sus reflejos fueron más lentos que la velocidad de su vagón, que se empotró contra el de delante. “Estamos contra la pared de la legislación andorrana”, dice Jordi sobre las complicaciones para iniciar acciones legales en el extranjero. “Al ser una jurisdicción en la que no podía ejercer mi abogado he tenido que contratar otro. Ya me ha cobrado 6.000 euros”.

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